| Asunto: | "Las aventuras del valeroso soldado Schwejk", de Jaroslav Hasek |
| Autor: | albaricoque |
| Fecha: | Sábado, 28 de Julio de 2007, 14:33:43 |
Según la contraportada, de la colección Áncora y Delfín, de la editorial Destino, esta novela es “El alegato antibelicista más profundo y lleno de humor que ha producido la literatura universal”. No sé si llega a tanto, porque no he leído todos los alegatos antibelicistas que ha producido la literatura universal. Pero sí que rebosa humor e ironía y también mucho conocimiento del alma humana, y de la sinrazón de la guerra. El protagonista es Schwejk, un personaje inolvidable. Es un checo que en la vida civil se dedica a robar perros, retocarlos, inventarles un pedigrí, y revenderlos. Cuando estalla la primera guerra mundial es llamado por el ejército austrohúngaro. La novela cuenta cómo va pasando al servicio de diferentes personajes, hasta llegar al frente. Al principio Schwejk parece un hombre ingenuo lleno de candor e inocencia, incluso tonto. Según avanza la novela se empieza a sospechar que es en realidad un redomado socarrón que siempre encuentra la manera, con sus comentarios y sus anécdotas, de desarmar y poner en evidencia a todo el que pretende avasallarlo. Pero también, por diversión, a todos los simples que se le cruzan, da igual que sean mandos o tropa. La novela transcurre muy amenamente a base, casi siempre, de las conversaciones entre los personajes. Schwejk disfruta hablando con todo el mundo. Y para todas las situaciones encuentra alguna anécdota que contar, la mayoría de las veces sin relación con lo que se está hablando. Como ésta: “En Nusle vivía un señor llamado Hauben al que le clavaron un cuchillo por equivocación por la calle un domingo en Kundratitz cuando volvía a casa de una excursión. Llegó a casa con el cuchillo en la espalda y cuando su mujer le quitó la chaqueta se lo sacó y aquella misma mañana cortó la carne para el gulasch con aquel cuchillo porque era de acero de Solingen y estaba bien afilado y en casa sólo tenía cuchillos sin filo. Entonces quiso tener todo un surtido de cuchillos como aquél y envió a su marido todos los domingos de excursión a Kundratitz.” O ésta otra: “…un oficial tenía un criado que era tan obediente que hacía todo lo que se amo quería, y una vez, cuando le preguntaron si con una cuchara se comería los excrementos de su amo si éste se lo ordenara dijo: Si me lo ordenara mi teniente, cumpliría su orden, pero si encontrara algún pelo me encontraría mal en seguida porque los pelos me dan mucho asco.” Hay cientos de anécdotas como éstas en la novela. Y siempre hay moralejas cargadas de ironía: “El hombre sincero que dice lo que piensa recibe pocas bofetadas. Y si le pasa alguna vez entonces se fija más y cuando está con otros prefiere no abrir la boca. Es cierto que todos piensan que este tipo de personas están bebidas y que les pegan a menudo.” Quien mejor entiende el sarcasmo de Schwejk es el voluntario Marek, que tampoco es manco: “Donde mejor se aprende el arte culinario es en la guerra, sobre todo en el frente. Me permito hacer una pequeña comparación. Durante la paz hemos oído hablar de las llamadas sopas de hielo; son sopas en las que se pone hielo, muy estimadas en el norte de Alemania, Dinamarca y Suecia. Y fijaos, llega la guerra y este invierno los soldados que estaban en los Cárpatos han tenido tantas sopas heladas que no han comido ni una, y sin embargo, es toda una especialidad.” Cuando se juntan los dos suelen volver loco a alguien. Todos los personajes parecen tener alma: Baloun; el gigante tan simple que sólo piensa en comer; Jurajda, el cocinero ocultista; el teniente Lukasch, honesto y respetuoso con sus soldados, pero a menudo perdido entre faldas; el cadete Biegler, estratega de salón con problemas de diarrea; o el teniente Dub, que siempre busca y no consigue el miedo de sus soldados, ya que el respeto no puede. Y que es la víctima favorita de Schwejk: “En su ronda había visto a Schwejk junto a un farol de la estación contemplando con interés el cartel de una lotería de guerra. Ese cartel representaba a un soldado austríaco atravesando contra la pared a un barbudo cosaco. El teniente Dub le dio unas palmadas en los hombros y le preguntó si le gustaba. -A sus órdenes, mi teniente-contestó Schwejk-. Eso es una tontería. Ya he visto muchos carteles estúpidos, pero tanto como éste, jamás. -¿Qué es lo que no le gusta?-preguntó el teniente Dub. -Mi teniente, lo que no me gusta de este cartel es la manera con que el soldado maneja el arma que se le ha confiado. Podría rompérsele la bayoneta con la pared y además todo, en conjunto, es completamente inútil: por hacer eso lo castigarían porque el ruso tiene las manos en alto y se ha entregado. Es un prisionero y con los prisioneros hay que comportarse como es debido pues en el fondo son personas. El teniente Dub siguió indagando el modo de pensar de Schwejk y le preguntó: -Entonces este ruso le da lástima, ¿no es así? -A mí me dan lástima los dos, mi teniente: el ruso porque lo han atravesado y el soldado porque por hacerlo van a encerrarlo. Tiene que haber roto la bayoneta, mi teniente. Es inútil, la pared parece de piedra y el acero es frágil. Antes de la guerra, cuando cumplía el servicio, tuvimos en la compañía a un teniente segundo. Ni un viejo soldado hubiera podido expresarse como él. En el campo de ejercicios decía “Cuando se dice ¡Firmes! tienes que sacar los ojos como un gato que hace sus necesidades en la comida”. Pero por lo demás era una persona muy cabal. Una vez por Navidad se volvió loco, compró para la compañía todo un carro de cocos y desde entonces sé cuán frágiles son las bayonetas: a la mitad de la compañía se les rompieron con estos cocos y nuestro teniente mandó encerrarnos a todos y no pudimos salir del cuartel en tres días. El teniente tuvo arresto de cuartel… El teniente Dub miró enfadado al ingenuo rostro del valeroso soldado Schwejk y le preguntó encolerizado: -¿Me conoce? -Lo conozco, mi teniente. Al teniente Dub se le salieron los ojos de las órbitas y empezó a patalear. -¡Le digo que todavía no me conoce! Schwejk contestó con desprevenida tranquilidad, como si diera un parte: -Sí que le conozco, mi teniente. Usted es de nuestro batallón. -¡Todavía no me conoce! – volvió a gritar el teniente Dub-. Usted conoce tal vez mi lado bueno, pero cuando conozca el malo se quedará pasmado: soy malo, hago llorar a todo el mundo. Bueno, ¿me conoce o no? -Lo conozco, mi teniente. -¡Por última vez le digo que no me conoce, asno! ¿Tiene hermanos? -A sus órdenes, mi teniente, tengo uno. Viendo el candoroso rostro de Schwejk el teniente Dub se encolerizó y sin poder contenerse más tiempo gritó: -¡Entonces su hermano será un animal, como usted! ¿Qué es? -Es profesor, mi teniente. También ha estado en el ejército y ha aprobado el examen de oficial.” Para entender el final hay que saber que el teniente Dub era profesor y había aprobado el examen de oficial. Con el teniente Lukasch, Schwejk se entiende mucho mejor: “-¿Sabe una cosa, Schwejk? – contestó el teniente Lukasch -. Cuando más le escucho más me convenzo de que usted no siente aprecio alguno por sus superiores. Un soldado ha de hablar siempre bien de sus superiores incluso cuando han pasado ya varios años. El teniente Lukasch empezaba a divertirse francamente. -A sus órdenes, mi teniente – lo interrumpió Schwejk como si pidiera disculpas-. Ya hace tiempo que el coronel Fiedler murió, pero si usted lo desea, mi teniente, de él sólo hablaré bien. Mi teniente, era un verdadero ángel para sus soldados. Era tan valeroso como san Martín, que repartía gansos a los pobres. Él compartía su comida de la cocina de oficiales con el primer soldado que encontraba en el patio y cuando todos nosotros nos habíamos llenado de albóndigas hasta hartarnos mandaba que nos prepararan cerdo y durante las maniobras se distinguió enseguida por su bondad. Cuando fuimos a Unterkralowitz dio la orden de que nos bebiéramos todo lo que había en la fábrica de cerveza a expensas suyas y el día de su santo o de su cumpleaños mandaba preparar liebres con nata para todo el regimiento. Era tan bueno para con los soldados que una vez… El teniente Lukasch le tiró suavemente de la oreja y le dijo: -Bueno, animal, déjalo ya.” Es una lástima que el autor, Jaroslav Hasek, muriera antes de terminar la novela, que acaba bruscamente cuando los personajes se están acercando al frente. En la edición de la colección Áncora y Delfín, además, cada capítulo viene encabezado por la caricatura de alguna escena entre los personajes. Creo que han conseguido reflejar muy bien la personalidad de cada personaje en estos dibujos. Como conclusión diré que las 600 páginas de la novela se me han quedado cortas. Si os han gustado los extractos comprad el libro y leedlo, porque está lleno de conversaciones como ésas. |
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